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martes, 29 de enero de 2013

“De casi imposibles está hecho el rock”



Entrevista a Juan Manuel Strassburguer




Por Soledad Valdez
Afortunadamente, no sólo de mainstream vive el rock. En el circuito under de Buenos Aires hay un festival que resuena hace más de tres años y ya lleva quince ediciones, seguro ya lo escuchaste nombrar, es el Festipulenta. Dentro del “mundo pulenta” hay un personaje particular: Juan Manuel Strassburger. Periodista de cultura rock, trabajó como colaborador de Clarín, Pagina/12, La Mano, Rolling Stone, El Acople y actualmente escribe en Tiempo Argentino. Además forma parte de la organización del festival y conduce “La hora pulenta” en el 93.7 de FM Nacional, los sábados de 13 a 15 hs.


¿Cuál fue la idea que te motivo a hacer el Festipulenta?

El Festipulenta surgió principalmente de una necesidad: la que teníamos Nico Lantos, mi amigo y socio en esta aventura, y yo, de reproducir en Capital lo que veíamos que ocurría en Zona Sur y en La Plata. Acá en la Ciudad, por causas varias, se hacía muy difícil que hubiera un festival under como el que imaginábamos y que no estuviera pegado a marcas o a ciclos exclusivos un poco snob. La cosa estaba jodida para bandas que no tenían suficiente vínculo con esos espacios ni una buena llegada a la prensa. Eran los casos, por ejemplo, de Olfa Meocorde, Viva Elástico, El Perrodiablo, Sr. Tomate, entre otras. Por otra parte, también con Nico, veíamos que estaba surgiendo una nueva camada de bandas más relacionadas con el Indie americano y la experiencia cotidiana (107 Faunos, Los Reyes del falsete, por nombrar algunas) que nos entusiasmaban y que veíamos que tenían más de un elemento en común (de hecho yo había llamado la atención sobre ello en una tapa del Suple “No” titulada "Llega el Indie cabeza", salida unos meses antes). Con todo eso como contexto efervescente y con nuestras ganas de periodistas tranquilos con nuestra profesión pero con ganas de intervenir por otro costado en la movida, es que nos mandamos a hacer el Festipulenta. Y acá estamos casi cuatro años, un Compipulenta y quince ediciones después.


¿Qué tipo de bandas tocan?

Mayormente bandas de rock. Hay bastante indie, claro. Pero se trata de un indie de corte artesanal y barrial, sin demasiada preocupación por el estatus, la novedad en sí misma o el look sofisticado. También hay under a secas: la vieja tradición que se mantiene desde los 80 con bandas como Sumo, Los Pillos y Don Cornelio, que al momento de arrancar el Festipulenta encarnaban Fútbol, Prietto viaja al cosmos con Mariano, Mujercitas terror, Compañero Asma o Los Pacientes. Y también alguna que otra inclasificable, como Olfa Meocorde, pero a la vez absolutamente adorable y pulenta. Una mescolanza coherente.



¿Cómo definirías al Festipulenta para quienes todavía no lo conocen?

Como un festival amiguero, de experiencia vital y genuina, con varias de las bandas que más emocionan los corazones hoy por hoy. Una refutación rabiosa y a la vez tierna a eso de que "el rock argentino está en crisis" o que "ya casi no existe más".



¿Qué es lo que permite la continuidad al festival?

La continuidad la da el concepto de lo pulenta, que un poco está descripto en la bajada de nuestro eslogan: "Hacer del mundo un lugar más pulenta". Entero, dice así: "Cuatro bandas por noche, ocho en total, y una feria con sellos alternativos, editoriales artesanales, historietas under y todos los amigos que puedan venir. Sin pulseritas ni gigantografías. Sin promotoras, V.I.P's o focus groups. Porque tenemos rock. Canciones urgentes. Bandas que bajan transpiradas del escenario o con la sensibilidad a flor de piel. No es poco, ¿no?".



¿Qué balance hacés de las cuatro fechas de marzo? ¿Por qué no lo volvieron a hacer en esta edición?

La idea de hacer cuatro fechas en marzo último fue una forma de hacer algo diferente, más grande, y a la vez festejar por nuestros tres años de vida. Evidentemente, fue un esfuerzo muy grande, por eso no lo volvimos a repetir en las ediciones siguientes. Pero ya haremos algo parecido o incluso superior. Si nos da el cuero.



¿Por qué eligieron "El Zaguán" como locación?

Porque coincidía con las características que buscamos para hacer el Festipulenta. Nos gustaba que estuviera en un lugar alejado del circuito más palermitano o de Costa Salguero. Y que tuviera una estética de ladrillos a la vista, algo descuidado, levemente antro, que nos hacía recordar a cómo eran varios lugares del underground argentino de los ochenta. Por otro lado, “El Zaguán” también nos ofrecía un arreglo lo suficientemente beneficioso como para que el Festipulenta se pudiera bancar a sí mismo y a su vez pagarle bien a las bandas. El lugar sonaba relativamente bien y además, y no menos importante, tenía suficiente espacio como para albergar una feria de cómics, libros, remeras y libros under que nos parecía fundamental para terminar de darle sentido al Festipulenta. Se sabe: un festival sin feria no es muy festivo que digamos. Y para nosotros había un cruce transversal que unía el comic under de Podetti, Sala o Mosquito con las lecturas del Quinteto de la muerte en el Pacha y con editoriales como Nulú Bonsai o la Funesiana. Y necesitábamos una feria para poder evidenciarlo. Por estas y otras razones creo que hubiera sido muy difícil hacer el Festipulenta sin “El Zaguán”. Pero a la vez creo que, sin el Festipulenta, “el Zaguán” no sería lo que es hoy: un lugar instalado en el circuito de lugares para tocar en Capital. Antes de que nosotros llegáramos muy pocas bandas (y muy poco público) sabía que existía. Por suerte ya no es así.


¿Cuál es tu rol en la organización del festival?

Mi rol, como el de Nico, es planear las fechas, armar la grilla, contactar a las bandas y a los feriantes, organizar la difusión y la prensa, preparar las pruebas de sonido y el armado de escenario, atender al público y las bandas, y solucionar cualquier imprevisto que surja. Es bastante trabajo. Pero con Nico lo hacemos con gusto. Por ahora.


¿Qué banda te gustaría que llegue a tocar?

Puestos a soñar me encantaría que toquen algunas bandas o solistas emblemáticos del Indie americano de los 90 como Sebadoh, Smog, Guided by voices o Bonnie Prince Billy. Es casi imposible. Pero de casi imposibles está hecho el rock.



Links:

Festipulenta:
http://cosaspulenta.blogspot.com.ar/

La hora pulenta:
http://radionacional.com.ar/vivo/5-nacional-937.html

Juan Manuel Strassburguer:
http://www.lowfirocker.blogspot.com.ar/
https://twitter.com/lowfirocker

jueves, 20 de diciembre de 2012

Entrevista a Lautaro Barceló





La máquina de hacer canciones


Por Leandro Juango


Lautaro Barceló es el nombre de uno de los pilares de Uf Caruf!, sello digital y usina de canciones de La Plata. A cargo de la dirección, también participa en varios proyectos como guitarrista o compositor: Miro y su fabulosa orquesta de juguete, Canto el cuerpo eléctrico y Orquesta de perros. Con un pie en la canción y otro en la gestión, Barceló brindó a la Tía Bowie una entrevista en donde se conversó de todo un poco: el nacimiento y funcionamiento del sello, las licencias digitales, SADAIC, y también de la siempre vital escena de rock de La Plata.


¿Cómo se genera el espacio Tocate Mil, en el año 2008, que da nacimiento a Uf Caruf!?
A Tocate Mil te digo como llegué yo: empezamos a organizar un ciclo en Estación Provincial con Germán Novarini (ex integrante de Gregorio Samsa, Increíbles ciudadanos vivientes, actual miembro de Campesinos salvajes), en un playón enfrente a la estación. Ahí pusimos un escenario y comenzamos a llamar bandas para que toquen. Por un amigo conocí a Seba Coronel (integrante de La teoría del caos) y él conocía a todos estos pibes que fueron parte de Tocate Mil: Rudi, Vidal, toda la gente que vivía en una casa que se llamaba La Comu. No vivían todos pero estaban ahí, de lunes a viernes, sábado, domingo, tocando canciones hasta las tres, cuatro de la mañana. Eran diez personas en ronda tocando así: canciones, canciones, canciones.  Cuando caímos a hacer el ciclo es como que se armó un espacio que estaba bueno y empezó a acercarse gente que era del palo canción. Después íbamos siempre para La Comu, no sentíamos que era nuestro lugar la estación, y flasheábamos con llevar La Comu, como fogón y reunión de canciones, a un lugar físico. Empezamos a organizar un ciclo los miércoles en Calma Bar. Cuando empezamos el ciclo comenzamos a llamar al grupo como colectivo de cantautores Tocate Mil. El antecedente primero y más mítico que se nos viene es La Comu.


¿Por qué Uf Caruf! elige las licencias Creative Commons?
En principio, pensá que somos un montón y que no todos estamos informados o con ganas de informarnos. A Soviético, lo primero que se le cruzó cuando sacamos el disco fue que tenía que ir a SADAIC. Le pareció todo una mentira, no le gustó que lo atiendan atrás de una ventanilla, sintió que esa burocracia no era parte de sus canciones, le agarró un ataque de “esto no es natural”. Es un chabón que se maneja así, muy orgánico. Nosotros le veníamos hablando de las licencias. Porque lo que es básico, que la obra sea tuya, es un principio de protección automática. SADAIC es una gestora de derechos para cobrar, una gestora colectiva, y hoy en día no funciona realmente como tendría que funcionar.


¿Hay entonces una mínima incompatibilidad entre SADAIC y una propuesta como la de Uf Caruf!?
A los músicos de nuestra talla, o que tienen nuestros medios, o que salimos en ciertos medios, por ahí se nos convierte más que nada en una pérdida de tiempo para el tipo de proyecto que encaramos. De todos modos, siempre alguien tiene que pasar por SADAIC porque trasciende su laburo de gestora, es prácticamente la entidad que te habilita a ser músico, que te da obra social, que te deja cobrar en ciertos festivales. Pero no nos saca el sueño. Por otro lado, las licencias Creative Commons son súper instantáneas y permiten que podamos compartir legalmente nuestras canciones, que nos importa mucho más que cobrar dos mangos cada tres meses si la pasan en la radio.


¿Por qué no eligen las posibilidades que otorga la UMI?
La movida de la UMI va por otro lado. Nosotros queremos crear algo nuevo y la UMI labura en base a seguir exigiendo algo viejo. Que está buenísimo que exista y que la gente esté ahí. Pero bueno, ahora el tema de los descuentos lo estamos pudiendo conseguir por una red de sellos que armamos acá en La Plata. Solamente por el hecho de mandar muchos discos a replicar ya estamos consiguiendo el mismo descuento. De todas formas, es gente con la que tarde o temprano te tenés que juntar porque estamos en la misma. Por ahí apuntamos a lo mismo desde diferente lugar. También nosotros somos más jóvenes. Venimos medio despojados de todo lo que fue el rock antes. Hoy lo vemos como es: así, nada más. Hoy en día creo que es mejor la música pero no el negocio.


¿Qué ventajas y desventajas encuentran y experimentan en lo digital?
La ventaja es que te puede escuchar cualquiera, tenés accesibilidad total a lo que quieras. La desventaja es la curaduría: si a vos no te reseñan el disco, si a vos no te saca una revista, no estás dentro de un contexto donde la gente entra a bajar música, el disco nunca llega a ningún lado. Creo que lo que hay que mejorar de lo digital es la curaduría. Y que haya más portales de música. Gente que escriba sobre música y que a la vez se transforme en referente. Lo que está faltando es eso: lograr nodos donde ir a rescatar música. Los sellos por ahí sirven de curaduría. Vos sabés que si entrás a la página de Laptra vas a escuchar bandas que tienen ese sonido indie. Vos sabés que si vas a escuchar Uf Caruf! son más cancioneras, o tienen más melodía.


¿Cuál fue y es la importancia de La Plata como ciudad y movimiento para el sello?
Es mamá La Plata. Si no hubiésemos estado en La Plata, seguramente, hubiese sido mucho más difícil. La comunidad musical acá es muy copada. Acá todos conviven con todos de una forma u otra. Hay puteríos internos como en todos lados pero a nivel general estamos super bien. Al principio, Uf Caruf! salió de la nada, un grupo medio sectorizado que no conocía a nadie. Cuando empezamos a crecer, de a poquito, empezamos a entablar relaciones con las bandas que hoy hacen rock. Nos encontramos con que todos tenían una predisposición zarpada, todos quieren ser amigos. Uf Caruf! es como un pequeño hijito de una comunidad más grande. La Plata es como un gran sello. Aparte, vas a otro lado, “¿De dónde es la banda?”, “De La Plata”, la gente ya te identifica con una forma, dentro de algo, por más que no tenga nada que ver una banda con la otra. A las bandas de acá yo les creo, me pasa algo. Por ahí eso pasa porque hay una tradición, uno va contagiando al otro esa cuestión más emocional de la música.


¿Cómo es la convivencia con los demás sellos?
Ahora armamos una red de sellos. La convivencia es genial: en todas las fechas, por lo general, tocan bandas de dos o tres sellos. Las relaciones son un tanto abiertas y desprolijas, y está bueno. Pero también colaboramos un montón, nos pasamos contactos, laburamos juntos. Desde la parte de gestión yo tengo contacto con los demás sellos y tengo una devolución tan buena como con los pibes de Uf Caruf!


¿Qué principales diferencias ves con los inicios del sello en el año 2008 y ahora?
Ahora lo vemos desde otro lado. Es sustentable hacer música y estamos laburando para eso. En un principio pensábamos laburar de una forma más clandestina, low fi, y después nos dimos cuenta de que empezábamos a sonar. Que a la gente le podía gustar lo que hacíamos. Al principio no sé si nos interesaba tanto. Y ahora estamos tratando de organizarnos para que a la gente que le tenga que llegar, le llegue. Antes bardeábamos que nunca íbamos a salir en la Rolling Stone y de pronto, salen reseñas en la Rolling Stone, y estamos contentos. Y antes ni nos preocupábamos porque pensábamos que en la puta vida iba a pasar. Que todo era una cuestión de arreglo monetario, que también es así, existen esas cosas. Nosotros hemos llegado por otro lado más valioso.


¿Cuáles son los próximos pasos?
Ahora nos estamos organizando en departamentos, para empezar a articular mejor el funcionamiento de la gestión entre Prensa, Dirección, Tesorería, Logística, Diseño. Que ya no dependa tanto de correr a uno o a otro, que cada uno se haga cargo de lo que le toca. También está bueno que empiece a aparecer gente que no se dedica a la música y que quiera aportar al sello. Creo que lo que esperamos para el año que viene es organizarnos mejor y recibir mejor esas ofertas que este año no hemos podido aceptar por una cuestión de desorganización. Y por supuesto, no bajar el ritmo de lanzamiento de discos que hoy en día es la identidad del sello. Un sello que es una máquina de hacer canciones. Que no se pierda eso.


¿Qué determina el ingreso al sello?
Nada, tendrías que haber estado desde el inicio. Es un grupo de 20 personas que es un grupo muy fijo, gente que se conoce hace tiempo y hace canciones. En base a ellos se armaron un montón de bandas, se armaron amistades, se armó una comunidad. Si vos querés entrar al sello, prácticamente tenés que ser amigo de todos. Tiene que haber un quorum total. Sucedió en este último tiempo el caso de Villelisa, que era para una banda referente de La Plata para todos y que nos ayudó cuando empezamos con el sello. Ellos tenían Cala Discos y les iba re bien. Cuando tocaron en una fiesta Uf Caruf! se dio una situación: ellos querían entrar a Uf Caruf!, se habían cansado del trabajo de gestión, y había una cuestión que decantaba. Y les digo a los pibes, “fiché a Villelisa para Uf Caruf!” y todos festejaban. Nadie dijo nada. Pero si invito a cualquier banda nueva genera cierta discusión. Todos tienen como dos bandas que quieren que entre a Uf Caruf! Villelisa pasó todas esas barreras porque es amigo de todos y referente.


¿Cuáles son los próximos lanzamientos del sello?
Ahora sale el de Miro y su fabulosa orquesta de juguete, dos canciones, que es un adelanto del disco que va a salir en marzo del año que viene. Está buenísimo. Va a salir el disco de La Asociación, que es una banda que todavía no sacó disco. Y el disco de Santiago Peri y Los Imperdibles. Eso va a salir este año, principios de diciembre. Y para el año que viene el disco de Canto el cuerpo eléctrico, el de Orquesta de perros. Bueno, el de la Jimmy Jimmy Cesc Fabregas Band, que es la banda de Vidal. Ese va a ser un discazo, ya lo tengo escuchado.  Supongo que el año que viene todos van a sacar otro disco: La teoría del caos, La gran pérdida de energía, Primer Hombre Internacional. A todos los veo laburando.






Algunos links: 




Créditos PH: Estefanía Santiago

Entrevista a Honduras







La hondura y la libertad

Por Gabriel “Sugar” Bonetto


Honduras Libregrupo se destaca dentro de la vanguardia rockera argentina y sobresale en oposición a la perspectiva general de un rock nacional que olvida los riesgos artísticos a favor de recetas seguras. Actualmente, Honduras es un trío integrado por Alejandro Leonelli (voz y bajo), Alex Kodric (guitarra) y Nicolás Kodric (teclado y batería electrónica). También fueron cuarteto, quinteto y septeto, con batería, percusión, trombón y saxo. Editaron cuatro discos: Volumen 1 (2006), La única posición es la oposición (2007), Volumen  3 (2009) y Célula dormida (2010). En el medio, la versión de “Sean Song” de Robert Wyatt que grabaron en castellano y que sólo se consigue por Internet.  Alex Kodric nos cuenta sus inicios, influencias, las búsquedas estéticas y políticas y el por qué de su negativa a  poner sus discos en la red.
      
¿Cómo nace Honduras?
Empezamos hace nueve años. Yo  estaba tocando en otra banda y en un show conocí a Alejandro. Empezamos a hablar mucho de música. Yo tenía  mi cabeza con un montón de música que no iba con el momento de ese grupo y él, por su parte, tenía muchas ganas de armar algo. Nos juntamos y empezamos a zapar, pusimos un anuncio en Segundamano y apareció el batero. Al toque lo incluimos a mi hermano Nicolás y ahí arrancamos, con algunas ideas que no terminamos de encajar definitivamente. Por ejemplo, siempre teníamos en la cabeza la idea conceptual de tener caños, aunque terminamos grabando el primer disco sin nada, ni saxo ni trompeta.

En esa idea de usar caños está el freejazz, un género en el que se los ubica habitualmente.
Sí, lo escuchamos y la verdad es que ese término nos avergüenza. Hay gente que lo hace realmente muy bien, nosotros lo que teníamos del free era la improvisación, y solamente en el primer disco. Después ya no improvisamos, tenemos todo pautado.

Cuando se habla de Honduras, la crítica habla de “Rock in opposition”, “Kraut”, “Progresivo”, “Rock Industrial”. ¿Dónde habría que ubicarlos?
El kraut es algo que nos gusta mucho a todos, también el Rock Industrial, que se ve mejor en Célula dormida. Pero no tenemos un lugar donde ubicarnos porque en cada disco cambiamos mucho. No nos molestan esas generalizaciones, pero la verdad es que no le encontramos mucho sentido.

¿Cuáles son las influencias musicales de la banda?
El primer y el segundo disco estuvieron marcados mucho por Soft Machine. También nos gusta mucho Can, King Crimson, Robert Wyatt. Todos reconocemos nuestras influencias en Honduras, no somos esas bandas que no las tienen. Hay grupos que dicen que inventaron la pólvora, o escuchás a una banda de metal diciendo que sus influencias son los Beatles. ¿Qué onda? Después están las influencias de cada uno de nosotros por separado, que se terminan plasmando en todos esos géneros que le ponen a la banda. Yo, por ejemplo, soy fanático del blues y toda la información la proceso en clave de blues.

En sus comienzos se priorizaba lo instrumental. ¿Cómo fue el proceso de la inclusión de las voces y las letras?
El acercamiento a componer con letras fue jodido. Desde que lo conocí a Alejandro le dije que tenía que cantar, porque para mí canta muy bien. En los primeros ensayos teníamos bastante temas cantados que después no quedaron en el disco, temas que iban más por el lado del progresivo, que iban en la línea de Soft Machine y hasta por el lado de Invisible. Pero creo que por la estructura que teníamos se nos complicaba meter un cantante. En el segundo y en el cuarto disco teníamos algunas voces pero componíamos sin ellas, teníamos las canciones y solamente le agregábamos la voz encima. Yo creo que el verdadero proceso de componer con la voz lo estamos viviendo ahora, en el disco que estamos preparando. Ahí la voz tendrá más preponderancia.

Y dentro de ese proceso de incluir voces también está la aparición de la ideología, en temas como “Canción para Evo”, “Canción para Osvaldo Bayer” o “Al niño Mauricio le molestan los pobres”.
Sí. Pero para mí no es algo bueno en sí mismo. Obviamente, nos queríamos diferenciar cuando empezamos a meter letra. Me acuerdo porque nos marcó mucho: Alejandro le cuenta una vez al abuelo que estaba tocando en una banda y el abuelo le dice “mirá que tenés mucha responsabilidad, tenés un micrófono, no podés decís cualquier boludez”. Y ahí le cayó la ficha a él y al resto. Eso sumado a la idea de que nos hinchaban las pelotas las bandas progresivas que decían cosas como “Crepúsculo del tiempo” y “El espacio parte I, parte II, parte III”. Eso es lo mismo que no decir nada. Juntando esas dos cosas llegamos a algo que no es necesariamente política orgánica, pero sí tiene la idea de decir algo. No somos las Manos de Filippi que sus letras se derivan de la ideología de un partido. Ninguno de nosotros milita pero tenemos nuestra forma de pensar, y cuando hablamos de ideología también es una marca estética que buscamos siempre, más allá de la política. Por ejemplo, No hay fiesta después del recital marca una postura estética importante.

¿Cómo se organizan para la composición de letras?
Alejandro es el que compone todo, Nico y yo tenemos poder de veto.

¿Cómo fue que aparecieron en  Peter Capusotto y sus videos?
Conocimos a Marcelo Iconomidis (encargado de los videos del programa) en un recital nuestro, un tipo muy copado. Se nos acercó, nos dijo que le gustaba mucho la banda y nos pidió un video para pasar en el programa. Le dijimos que no teníamos y le hicimos uno, con un tema que todavía no habíamos terminado.

¿Cómo es la distribución de sus discos? ¿Están en la red?
Seguramente el próximo disco saldrá como siempre con el sello de Minimal, Azioneartigianale, que la verdad nos da una mano muy grande.  Por otro lado, hay un montón de cosas nuestras en Youtube que son ajenas a nosotros: recitales, discos. Estamos en una postura de no poner nada en Internet, ni videos ni discos. No estamos en contra de la gente que lo hace, pero nuestra política es de mantenernos al margen. El acceso a la información me parece algo bueno, pero de ningún modo reemplaza la aprehensión que tiene el formato físico del disco y especialmente el compromiso que genera en la persona que lo compra.

Algunos links:


















sábado, 1 de diciembre de 2012

Entrevista a Ramiro Sanchíz




                               “Me teñí el pelo de naranja como Bowie


Por Belén Russomanno



Una cara no tan nueva (publicó más de una decena de libros) se empieza a hacer ver cada vez más en el mundillo de las editoriales independientes. Ramiro Sanchíz, escritor y periodista, se aparta un momento de sus clásicos relatos ucrónicos y se mete de lleno con el rock que suena en ellos.



He aquí un invento: una jukebox literaria. Funcionaría así: después de flippear las bandejas metálicas en las que reposan varios libros, se marca el número del elegido, la rockola lo expide y, como grand finale, hace sonar las canciones que él menciona. Tarde piaste, pajarito, porque así funcionan las obras de Ramiro Sanchíz. Sus relatos se mueven como una especie de máquina generadora de links frenética, por la permanente y numerosa cantidad de referencias musicales que pone a disposición. Uruguayo, Sanchíz integra ese grupo de escritores que está bueno leer con el Google a mano y que vale la pena dar a conocer.

¿Cuán imprescindible es poner en tus relatos cosas que tengan que ver con la cultura rock?
No sé si imprescindible es el término que usaría. Constato que muchas metáforas, analogías o formas de pensar de alguna manera asumen la cultura rock, se desprenden de ella, la extrapolan. Está en mi ADN, supongo, como si comparara las tetas maravillosamente formadas y discretas de fulanita con Revolver o las grandes y quizá más imperfectas de menganita con el Álbum Blanco. Cualquier narrativa que pretenda reclamar vida para sí deberá acercarse a una épica. Lo hizo (William) Burroughs con sus queers y sus drogones, (Jack) Kerouac con sus hipsters, (Philip K.) Dick con sus desempleados que se ponen a hablar de filosofía -mientras los aliens invaden la Tierra– tras haber leído media entrada de la Enciclopedia Británica. También lo hizo (Roberto) Bolaño con sus poetas invisibles y derrotados. Si es verdad que se escribe de lo que se sabe, me gusta pensar que intento buscar esa mitología del rock invisible, under, fracasado.

           

Mencionaste discos de los Beatles, ¿en qué sentido el Álbum Blanco es más “grande e imperfecto” queRevolver?
Creo que Revolver es el mejor álbum grabado por los Beatles, como esfuerzo de banda, como LP redondo, pulido, casi perfecto (en segundo lugar pondría Abbey Road, sólo en tercero Sgt Peppers y, ahí pegado,Rubber Soul). Redondo, perfecto y “esfuerzo de banda” son calificativos que difícilmente sean aplicables al Blanco, que es mi disco favorito de los cuatro. Es excesivo, fuera de escala, audaz, y prefigura no sólo lo que harían los Beatles después (el plan “retorno a las raíces” del proyecto Get back/Let it be; el artesanado clásico “a la Beatle” de Abbey Road) sino casi toda la música de la década de 1970: punk (en “Everybody’s got something to hide” hay un riff que luego se convertiría en una firma de cualquier acto punk rock), protometal (“Helter Skelter”), moods postpunk (“Dear prudence”).



En alguna oportunidad dijiste que te sentías más cercano a la tradición literaria argentina que a la uruguaya, sobre todo en ciencia ficción, ¿en música te pasa lo mismo?
No me siento especialmente cerca de lo que conozco de la música argentina. Respeto la obra de gente como (Charly) García, (Luis Alberto) Spinetta o (Gustavo) Cerati, pero casi no los escucho. Ninguna banda uruguaya o argentina me marcó de verdad, como sí lo hicieron muchísimas anglosajonas.



¿Compartís el desagrado por la música de los ´80 que tiene tu personaje estrella Federico Stahl?
Stahl es un poco más fundamentalista que yo y sus amigos un poco más fundamentalistas que él. Por otra parte, cuando tenía la edad que tiene Stahl en buena parte de las ficciones que lo incluyen (Perséfone, sobre todo, o Vampiros porteños, sombras solitarias) pensaba casi lo mismo que él sobre los ’80. Ahora, quizá, he matizado un poco ese rechazo visceral, que era una herencia evidente de los ’90 y del hecho de que grandes bandas clásicas de los ’60 y ’70 vieran en los ’80 su peor momento: (David) Bowie con Never let me down, por ejemplo.



¿Qué disco o artista todavía no nombraste en tus obras?
Curiosamente, la respuesta a esta pregunta es bastante fácil y concreta: Bob Marley. Nunca me llevé bien con el reggae sino hasta hace poco. Para una novela que estoy escribiendo, concretamente para unos personajes que aparecen en un episodio en particular (una secta “neorasta” que actúa en Montevideo hacia 2018) investigué un poco la cultura y la religión rastafari y, para tener como banda sonora del proceso de escritura, me bajé unos FLACs de tres discos de Marley, Exodus, Uprising y Rastaman Vibration, que jamás había escuchado completos y que, ahora, a mis casi 34 años, terminaron por parecerme maravillosos.



¿La novela incluye a Stahl en otra realidad paralela?
La novela incluye a Stahl en una realidad que, a primera vista, es la misma –casi diez años más tarde– que encontramos en Perséfone y en cuentos como Bichos o Pisadas. Luego se vuelve evidente que se trata de una realidad alternativa en la que la tecnología alcanzó la llamada “singularidad tecnológica” (un momento en el que no es posible predecir el estado de la tecnología en un lapso breve, en gran medida porque aparecería una “segunda generación de computadoras”–es decir, computadoras diseñadas por computadoras–; el concepto fue ideado por pensadores como Vernon Vinge, Damien Broderick, Ray Solomonoff y Hans Moravec), en los primeros años del siglo XXI. En esa línea cronológica, allá por 2008, fueron construidas dos grandes Inteligencias Artificiales. La novela engancha con los planes para la construcción de la tercera y su instalación en una zona franca en Tacuarembó. Stahl está escribiendo una novela interminable y absurda, desconectado de todos los circuitos intelectuales por un escándalo que no se aclara demasiado, y apenas sobrevive junto a Rex, vendiendo marihuana transgénica y tocando música en los colectivos.



¿Ya hay planes de edición?
Como apenas llevo escrita la mitad de la extensión que más o menos le avizoro, no hay planes de publicación aún. Si todo sale bien, la terminaré hacia mediados de diciembre.



¿Siempre escribís con música de fondo?
Siempre. Ahora, por ejemplo, estoy escuchando el último disco de Slash con su nueva banda, y hace un rato sonaba The minstrel in the gallery, de Jethro Tull.



¿Necesitás que la música esté relacionada con el tema sobre el que escribís o la elección es al azar?
No busco una relación estricta entre lo que estoy escribiendo y lo que quiero escuchar, sigo el impulso del momento. De todas formas, siempre se produce alguna forma de comunicación  entre lo que suena y lo que escribo. A veces a niveles muy básicos: por ejemplo, mientras revisaba El gato y la entropía #12 & 35, una novela mía que publicará la editorial Reina Negra en diciembre, me puse a explorar la discografía de Yes y me enamoré especialmente de un disco bastante denostado, Tales from topographic oceans, que es excesivo y pretensioso, dos cualidades que aprecio sobremanera. De la escucha casi obsesiva de ese disco surgió el acápite de El gato… y, además, del repaso de la discografía de Yes, el título de la novela sobre Stahl en 2018, que por ahora será Desde el sur del cielo.



¿Ves diferencias entre la escena musical de los ´90 y la actual?
La única escena musical de los ‘90 que conocí es la que incluía a mis amigos y a mis compañeros de liceo y/o facultad. Recuerdo escribir letras de los Doors en pizarrones, querer vestirme como (Jim) Morrison y “escribir poesía”, escuchar Pearl Jam en 1992 porque a alguien en un canal de televisión uruguayo se le ocurrió decir que la banda de Eddie Vedder equivalía a unos “nuevos Doors”, grabar Nevermind eIncesticide en los lados de un cassette de 90 minutos, vestirme a la grunge, no lavarme el pelo, cantar el inolvidable verso “I used to be a little boy” de Disarm, de los (Smashing) Pumpkins, o “They come to snuff the rooster”, de Rooster, de Alice in Chains. Más allá de eso no conocí en su momento bandas uruguayas –dejando de lado las que sonaban en las radios o en los boliches–, no participé del circuito under de la música. A los famosos antros montevideanos de los ’90, como Juntacadáveres por ejemplo, nunca fui. Mi primera banda, formada en 1997, fue, literalmente, una banda de garage. O, mejor, de dormitorio. En la década del 2000 fue diferente, ahí sí estaba más en el asunto (es decir que a esos antros sí fui). Pero lo que hice fue teñirme el pelo de naranja y cortármelo como Bowie en la época de Earthling. Más allá de eso, sólo te podría contestar con más obviedades: los MP3 y el retroceso de la cultura del álbum, el metal y sus innumerables categorías y compartimentos, que revelan una enorme vocación por ser etiquetado, definido, por funcionar en un esquema precedente; la aburrida ironía de los hipsters; el hecho de que no entiendo el low-fi y que prefiero escuchar Tales from topographic oceans de Yes a muchas bandas surgidas después del 2000; el hecho de que eso me convierte en un dinosaurio; el hecho de que me siento cómodo con las escamas, colmillos y bracitos inútiles.



¿Qué antros estaban de moda en Montevideo en el 2000?
De los primeros años de la década recuerdo, por ejemplo, a Pachamama, un lugar especialmente pintoresco (una especie de subsuelo a la Club Hell de Matrix Revolutions) que incluso hospedó la primera convención de historietas y cosplayers, Montevideo Comics, que va ya por su décima edición. Más adelante en la década abrió BJ, donde toqué dos veces con mi banda, y también Amok, un lugar pequeño, oscuro y mezquino que parecía querer convocar a los fantasmas de (Arthur) Rimbaud y (Paul) Verlaine pero apenas atinaba a convocar espejismos intrascendentes, como el de Eduardo Mateo. En algún momento abrió La Ronda, núcleo de hipsters desprovisto de mística que todavía sobrevive y al que voy muy de vez en cuando –generalmente para escuchar a algún amigo poeta que ofrezca esa noche una lectura, aunque en realidad detesto las lecturas de poesía.



¿Qué fue de tu faceta como músico?
Entre 2002 y 2008 integré como guitarrista y compositor (y ocasionalmente cantante, con resultados deplorables) una banda que quiso hacer glam rock y terminó tratando de parecerse a Tool, o mejor dicho a una versión de Tool simplificada a la Marilyn Manson. También toqué en bandas de covers de hard rock clásico y rock gótico old school, pero después de 2008 decidí abandonar toda esperan… digo, pretensión. Desde entonces he tocado para divertirme, con amigos, pero nada más.